miércoles, 5 de agosto de 2015

El camino de Jerusalén

Por Juan Pablo Giraldo Arango y Diego Duque Pérez

Para llegar al corregimiento de Jerusalén, en el municipio de Sonsón, Antioquia, hay que recorrer 145 km desde Medellín por la vía hacia Bogotá; 2 km abajo del puente sobre el Río Claro se entra a mano derecha por la vía que va hacia cementos Argos. Esta misma vía es la única calle que atraviesa el poblado, que se extiende por un pequeño valle rodeado de colinas kársticas y moldeado por la quebrada el Borniego, un pequeño afluente del Río Claro. Este corregimiento, junto con La Danta y San Miguel, pertenece a las zonas bajas del municipio de Sonsón, cercanas al Magdalena Medio, y su historia está directamente ligada a la explotación de cemento y a los cambios de dinámica poblacional ocurridos desde la terminación de la autopista Medellín-Bogotá.

La importancia estratégica del extremo oriental del departamento era bien conocida y estudiada desde algunas décadas anteriores. Radicaba en la abundancia mineral, hídrica y vegetal. Los gobiernos nacional  y departamental implementaron políticas enfocadas en la extracción y aprovechamiento de recursos a gran escala, dictadas desde el Fondo Monetario Internacional.  En 1966, el inicio de la construcción de la autopista Gonzalo Mejía, mejor conocida como Medellín-Bogotá, estableció el vínculo directo de este territorio con las grandes ciudades a través de la extracción de sus recursos. La variada abundancia, desde el potencial hidroeléctrico, suelos y subsuelos ricos en materias primas indispensables para la producción de cemento –entre otros, mármoles calcíficos, cuarcitas y zaprolitos–, hasta diversos tipos de maderas, hizo que se privilegiara para la carretera el tramo que cobija al corregimiento de Jerusalén sobre otros como Medellín- Puerto Triunfo.


Los primeros pobladores habían llegado hasta tierras cercanas con el ánimo colonizador de las primeras décadas del siglo 19, partiendo desde El Santuario, Granada y Cocorná por el denominado camino de mulatos, una de las entradas colonizadoras al Magdalena Medio. Así, el eje de intercambio comercial fue, hasta la construcción de la vía, un camino de arrieros y mulas, por el  cual se comerciaban productos de sus regiones, transportados en caminatas a pie y arriando mulas, desde el alba hasta el ocaso. La autopista  significó un profundo cambio para las poblaciones de esta zona, que vieron en su cercanía mejores posibilidades económicas. Así, el territorio se fue llenando de casitas mirando hacia la vía, y con ellas, talleres mecánicos, lavaderos de camiones, tiendas, hoteles, etc. Para toda su periferia, la vocación productiva cambió drásticamente.

Mientras tanto, en los sectores aledaños a las grandes industrias, generalmente de carácter extractivista, sus dinámicas poblacionales giraron en torno a las explotaciones de recursos para las cementeras y la construcción en general. Esta dinámica permitía y promovía el establecimiento de actividades comerciales, y de poblaciones enteras prestadoras de servicios en sus territorios que se confundían con campamentos perpetuados en el tiempo; tal es el caso de Jerusalén.

Sus primeros pobladores llegaron desde San Francisco, Aquitania, La Holanda, San Luis y Doradal, atraídos por la explotación de maderas, y las vacantes ofrecidas por Cementos Río Claro, una empresa que comenzó la construcción de su planta procesadora a principios de los años 80, demandando abundante mano de obra. Con el tiempo, la prosperidad de la industria, que para el año 85 abastecía el 70% de los requerimientos de la construcción en Medellín y el 50% en Antioquia, continuó atrayendo pobladores como obreros o prestadores de servicios. Surgieron restaurantes, tiendas, cantinas y hoteles, los cuales generaban una importante actividad económica y comercial y al tiempo una expansión urbana sin planeación ni regulación. La mayoría de las casas se ubicaron en los márgenes de la carretera, pero a falta de espacio, se extendieron entre las colinas y laderas del cañón de la quebrada Borniego, que además recibe las aguas negras del poblado, pues éste carece de alcantarillado.

El conflicto armado marcó al corregimiento desde 1985, primero en forma de atentados guerrilleros contra la industria y luego en la confrontación directa entre actores armados. Su mayor intensidad fue entre diciembre de 2000 y enero de 2001, cuando toda la población se tuvo que desplazar a diferentes lugares por cerca de 2 meses. En 2005 cambió de propietario la cementera y pasó a manos del grupo Argos; la relación entre el poblado y la empresa, caracterizada hasta entonces por el mutuo beneficio, pasó a ser conflictiva por los planes expansionistas de la multinacional, que incrementó su producción de 7.000 a 12.000 toneladas de cemento diarias.

Esto hizo que la vía de acceso a la planta fuera insuficiente, y obligó a la empresa a construir una doble calzada, para lo cual tenía que remover el poblado. Además de esto, el caserío enfrenta otros 2 líos legales. Primero: el acuerdo 12 de 2003 del municipio de Sonsón prohibió construcciones a menos de 10 metros del riachuelo y exigió que se reubicaran aquellas que incumplieran esta condición. Sin embargo, a pesar de que el acuerdo está firmado por el Consejo de Sonsón, ningún ente acudió a ejercer el control correspondiente ni a ejecutar lo que le correspondía; por eso buena parte del poblado sigue establecido en zona declarada de alto riesgo. El segundo, y tal vez más grave, es que toda el área urbana está construida sobre un título minero aprobado para la empresa Sumicol Corona, otorgado sin ningún tipo de concertación ni siquiera socialización con la comunidad.

Un líder comunitario nos cuenta que ya han sido advertidos de que si no conciertan bajo las condiciones de la empresa, Argos abrirá una nueva vía de acceso independiente de Jerusalén, deteniendo así el flujo económico y comercial del corregimiento. Ante tal amenaza, el corregimiento ha iniciado el proceso de resistencia, dentro del cual convocó el pasado 9 de junio al Consejo Territorial de Planeación a exponer el Plan Básico de Ordenamiento Territorial, en el que se plantea la inminente reubicación del poblado.

La municipalidad dice no tener capacidad económica para realizar la reubicación, y entre la comunidad reina la incertidumbre. Por eso impulsan hoy consignas que incentivan a la permanencia en el territorio, el respeto por los recursos naturales, y han buscado acercamiento a procesos organizativos regionales con el fin de romper el silencio al que los han condenado las instituciones, que entre otras cosas, según la comunidad, buscan desconocer la categoría de corregimiento de Jerusalén para deslegitimar los reclamos de las comunidades.

Entre tanto, la comunidad seguirá pasando sus días entre la incertidumbre y el cerco de los intereses económicos, con la amenaza latente de un nuevo desplazamiento y con la desdicha de habitar las tierras en que el capital ya puso sus colmillos.

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